Hay un departamento en Buenos Aires donde entran hombres y, por un rato, dejan de serlo. En este caso no hay cirugías, ni revelaciones, ni crisis existenciales en el pasillo. Hay, en cambio, un perchero con vestidos, una colección de pelucas ordenadas por color, zapatos en talle 43 y 44 que en ningún otro local de la ciudad se consiguen, y una mujer llamada Claudia Molina que en 2002 decidió que ese servicio hacía falta y que nadie más lo iba a dar.
Mirna había llegado a la vida de Claudia en los inicios del negocio en el 2002, cuando el mismo servicio se brindaba en un PH en Caballito y luego en Palermo. Tenía poco más de treinta. Hoy tiene cincuenta. “Mirna declara cincuenta”, aclara con una sonrisa y es, según Claudia, la clienta más antigua que sigue viniendo.
Qué es el crossdressing y por qué importa la diferencia
El crossdressing es la práctica de vestirse con ropa asociada al género opuesto al asignado al nacer. No implica una identidad transgénero ni una orientación sexual específica.
“Doña Rosa o don Pepe se sorprenderían si supieran quién está detrás – dice Claudia en diálogo con Infobae-. El doctor que la atiende en el sanatorio. El plomero que le arregla la cocina. El abogado. El juez”. Mirna asiente: “Cualquiera”. En la reunión mensual más grande que organizó Claudia se juntaron 85 personas. Y esa noche no estaban todas las que había conocido a lo largo de más de dos décadas.
La diferencia entre un crossdresser y una persona trans es, en palabras de Claudia, una cuestión de permanencia y de identidad. “El hombre que elige vestirse de mujer no elige convertirse en una mujer. Es un momento, en ese momento. No va a perder la identidad como varón”. Las personas trans, en cambio, eligieron transicionar su vida y vivir completamente como mujeres.
Mirna lo formula desde su propia experiencia: “Hay algo en mí que no pierdo. Lo podés ver en mis gestos”. Claudia lo confirma: “Ahí está la diferencia”.
Una crisis, un amigo y un tablón de anuncios en internet
Claudia es periodista. Estudió en TEA, se recibió en 1994 y trabajaba en un medio cuando llegó la crisis de 2001. La despidieron junto con muchos otros. Ese día tomó una decisión. Nunca más en relación de dependencia. Nunca más que otra persona decidiera sobre su trabajo.
Poco después, un amigo de muchos años le contó algo que no le había podido decir antes. Se vestía de mujer. Le habló de los lugares que había visto en otros países, espacios donde los hombres podían ir, probarse ropa, estar un rato y salir sin que nadie los juzgara ni les ofreciera sexo. Le dijo que en Argentina no existía nada así. Que hacía falta.
“En ese momento se me prendió la lamparita”, dice Claudia. Aunque matiza: “En realidad, la lamparita me la prendió él. Yo llegué shockeada, diciendo: le gusta vestirse de mujer, existen lugares, ¿qué hago con esto?”. Lo que hizo fue armar un plan de negocios con amigos, conseguir que uno invirtiera y empezar. Ahora ya cuenta con presencia en Instagram (@crossdressingbsas) y sitio de internet con todos los servicios disponibles. (www.crossdressingbsas.com.ar)
Lo que pasa en dos horas
El servicio que ofrece Claudia no es una tienda. Es, como ella lo define, un espacio privado de dos horas en el que el cliente llega como hombre y puede transformarse con ropa, pelucas, maquillaje y asesoramiento. Al terminar, sale exactamente como entró. Sin rastros de delineador. Sin que nadie sepa lo que pasó ahí adentro, salvo él.
Pero el servicio básico es solo el punto de entrada. Con el tiempo, Claudia fue sumando capas. Tiene un sistema de guardarropa donde los clientes pueden dejar su bolso con ropa femenina y volver a buscarlo cuando quieran, porque no pueden tenerlo en casa. Ofrece clases de maquillaje para quienes quieren aprender a hacerlo solos. Y tiene lo que llama la estadía. Una jornada de hasta diez horas en la que Claudia abre el departamento, maquilla al cliente, le deja una llave y vuelve al final del día para cerrar.
La estadía nació de una necesidad real. Hay gente que viaja desde el interior del país exclusivamente para esto. Hay otros que quieren salir a caminar por el barrio, tomar un café, existir unas horas en ese otro registro.
La primera vez: el miedo, la adrenalina y la sonrisa en el espejo
Mirna recuerda la primera vez que fue al local de Claudia. Había preguntado veinte veces antes de decidirse. El miedo era que alguien la viera entrar. A que le gustara demasiado. A que su vida, tal como la conocía, dejara de encajar.
“La gente tenía miedo de que le gustara tanto que se hiciera travesti”, dice Claudia. “No en broma. Gente con su familia, sus hijos, decía que esto me puede gustar tanto que mi vida se destruye”.
Ese miedo tiene nombre en el ambiente. Se llama purga. Es el momento en que alguien, abrumado por la culpa o el pánico, tira o quema todo lo que acumuló. La ropa, las pelucas, los zapatos. “Y al mes estaban comprándose de vuelta”, dice Mirna. Claudia asiente. Hay algo que sale de adentro, dicen las dos, que es difícil de frenar una vez que empieza.
Lo que Claudia observa en los clientes nuevos, cuando se ven por primera vez en el espejo transformados, es siempre una sonrisa. “Una sonrisa de alegría, de felicidad”, describe. No de alivio, no de sorpresa. De algo que encaja.
La transformación de Mirna
Mirna lo explica desde su propia historia. Empezó de adolescente, con ropa de su madre. Lo hacía solo, sin saber que existía un nombre para lo que hacía ni que había otras personas en el mismo lugar. En 1999, en un cyber, buscó en Altavista “hombres que se visten de mujer” y encontró que en Estados Unidos eso se llamaba crossdressing y que había comunidades enteras. “Pensaba que era el único loco al que le gustaba esto”, dice. No lo era.
El origen del impulso, dice Mirna, es distinto en cada persona. Ella lo trabajó en terapia. Su psicóloga de entonces encontró una conexión con querer imitar a su madre para ganar el amor de su padre. Su psicóloga actual discrepa. Cree que fue más por un lado creativo, por el gusto de experimentar. Claudia tiene clientes que recuerdan un acto escolar del 25 de mayo, la vestimenta de paisanita. Otro cuyo primer recuerdo fue que se hizo encima en el colegio y la maestra le puso una bombacha porque no había calzoncillos de repuesto. Mirna recuerda el maquillaje de Kiss. Se talcaba la cara, se pintaba la boca de rojo y los ojos de celeste. Un día sacó el talco y quedó el maquillaje solo.
Lo que se aprende estando del otro lado
Hay una escena que Claudia cuenta con precisión. Estaba en un shopping con su pareja, en el patio de comidas. Su vista se fue hacia una mesa donde alguien se escondía detrás de un vaso de Coca-Cola gigante. Tardó un momento en ubicarlo. Era un cliente, rodeado de su familia. Le dijo a su pareja: “Agarremos nuestras cosas y nos vamos”. Su pareja preguntó por qué. “Hay un cliente allá que no lo quiero hacer pasar un mal momento”.
Ese es el pacto implícito. Claudia lo formula de manera directa. “Si vos no me saludás, yo paso de largo”. Lo ha hecho muchas veces. Reconoce la cara, duda un segundo, sigue caminando.
El 90% de los clientes de Claudia, dice, no tiene a nadie más que sepa. La única persona que lo sabe es ella, porque no le queda alternativa. Hay un cliente que se jubiló hace poco y ya no puede venir porque perdió la excusa para salir. “Este era mi cable a tierra”, le dijo. El local. Las dos horas. La sonrisa frente al espejo con la boca pintada de rojo y la peluca rubia.
El sitio web lo diseñó con palabras clave específicas. Si alguien buscaba “travestis”, no aparecía. Si buscaba “hombre que se viste de mujer”, sí. El filtro era la búsqueda misma. “Si llegó hasta acá es porque le gusta todo esto”. Y Mirna asiente mientras se corre el pelo hacia atrás y se acomoda la minifalda.
Instagram @crossdressingbsas
Twitter @CrossdressingBA
Sitio Web: www.crossdressingbsas.com.ar
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